París, julio de 2026
Existen pocos objetos cuya morfología apenas haya cambiado desde el Neolítico. El peine es uno de ellos. Una hilera de púas sobre un mango. La solución fue acertada desde el principio. Lo que ha variado, considerablemente, es aquello de lo que se hacía.
La forma antes que las palabras
En China, los primeros peines se remontan a seis mil años, al Neolítico tardío. En Persia, se han desenterrado ejemplares muy trabajados en yacimientos de cinco mil años de antigüedad. En ambos casos, el objeto precede a la escritura. Está ahí antes de que podamos nombrarlo.
La lengua china acabaría introduciendo una distinción que la mayoría de las lenguas occidentales nunca pensaron en hacer: el shu, peine de púas anchas, y el bi, peine de púas finas. Dos herramientas, dos gestos, dos relaciones con el cabello. Esta precisión léxica dice algo de una atención al detalle del desenredado que otras culturas dejaron en lo implícito.
Lo que el material cuenta
Durante milenios, el peine se talla en lo que se tiene a mano, o bajo el cuchillo. Hueso, cuerno de buey, barba de ballena, caparazón de tortuga, marfil. Materiales animales, todos. Materiales que provienen de lo vivo y que conservan, en su veta, algo de ese origen.
En excavaciones en Orkney y en Somerset se han sacado a la luz peines de tejido hechos de barba de ballena. El objeto todavía no es solo capilar: también trabaja la fibra, organiza el hilo. El peine es una herramienta de ordenación, ya se trate de cabello o de tejido.
La madera llega como otra respuesta. El boj, el cerezo, las maderas de grano cerrado que pueden pulirse hasta la suavidad. El taller de Changzhou, en la provincia de Jiangsu, fabrica peines de madera desde el siglo V. No el siglo V pasado: el siglo V de nuestra era. Esta manufactura, conocida como Palace Comb Factory, sigue trabajando hoy según gestos transmitidos a lo largo de quince siglos. Cada peine se talla y se pule allí a mano. El tiempo que lleva es la medida de lo que vale.
El marfil y el caparazón de tortuga pertenecen, por su parte, a otra lógica. La del rango. Estos materiales no hablan del cuidado: hablan de la posición. Llevados en las cortes aristocráticas de Europa y de Asia, estos peines no solo peinan: señalan. Son visibles, precisamente porque son raros.
El ornamento como lenguaje
La peineta española es quizá el ejemplo más legible de esta función simbólica. Este gran peine decorativo sirve para sujetar la mantilla sobre la cabeza. Es funcional, sí. Pero es sobre todo una declaración. Una arquitectura llevada sobre el cráneo. La forma del peine se vuelve ahí casi secundaria: lo que cuenta es la altura, el material, la visibilidad.
En el extremo opuesto de este teatro de la distinción, el hot comb, peine caliente, cuenta una historia de una naturaleza completamente distinta. Utilizado en América del Norte para alisar el cabello rizado, se inscribe en un contexto colonial preciso. No es una herramienta neutra. Es el instrumento de una imposición: hacer que el cabello se ajuste a una norma que no es la suya. Leer el hot comb como un simple accesorio de peinado sería pasar por alto lo que conlleva. Revela una relación de poder inscrita en el gesto mismo del cuidado.
La molécula venida de otra parte
En 1865, un químico francés, Paul Schützenberger, descubre que la celulosa reacciona con el anhídrido acético. Acaba de preparar, sin saberlo del todo aún, lo que se convertirá en el acetato de celulosa. En 1903, los químicos Arthur Eichengrün y Theodore Becker desarrollan las primeras formas solubles del material. La materia existe. Aún hay que encontrar para qué sirve.
Será primero la aviación. Durante la Primera Guerra Mundial, el acetato recubre las alas de los aviones. Es un material de guerra. Luego, progresivamente, migra. Se convierte en base de película fotográfica en los años 1950: menos inflamable, menos costosa que la película de nitrato a la que reemplaza. Se convierte en fibra textil, filtro de cigarrillo, montura de gafas. Y peine.
Es un bioplástico, obtenido de la celulosa del algodón o de la pasta de madera. Una de las primerísimas fibras sintéticas de la historia industrial, nacida de un laboratorio, formada por la química, pero anclada en la materia vegetal. El peine de acetato es, en este sentido, el heredero paradójico de una larga tradición de materiales orgánicos. Hay una continuidad, incluso allí donde no se la espera.
Cuando las púas vibran de otro modo
El peine tiene también una vida musical. Las púas, según su longitud, su forma y el material del que están hechas, poseen cualidades armónicas propias. Es esta propiedad la que está en el origen de la caja de música y, más allá, de la mbira: ese instrumento de láminas pulsadas común en muchas músicas del África subsahariana. El kazoo funciona de otra manera: soplar sobre una lámina apoyada contra las púas modifica el espectro armónico de la voz. El peine es ahí primero, fundacional.
El archivo silencioso
Queda una última lectura. Menos poética, más fría. Los investigadores forenses utilizan el peine para recoger cabellos y caspa. Lo que queda en las púas permite identificar a una persona, trazar un perfil toxicológico. El cabello es un archivo. El peine es lo que lo recoge.
Es quizá la metáfora más exacta de lo que hace este objeto desde hace seis mil años: atraviesa el cabello y trae algo de él. Materia, memoria, huella.
La forma no ha cambiado. No necesitaba cambiar. Lo que contiene, en cambio, no deja de transformarse.